Cada vez que un edificio se demuele, deja detrás toneladas de escombros que en la mayoría de los países latinoamericanos terminan en un relleno sanitario. Pero ese mismo material, si se procesa correctamente, puede volver a convertirse en concreto estructural. Es la premisa detrás del trabajo de Natividad García Troncoso, PhD en Ingeniería Civil por el Imperial College London y Coordinadora de la Maestría en Estructuras Civiles Sismorresistentes de la Escuela Superior Politécnica del Litoral (ESPOL), quien desde hace años investiga cómo transformar residuos de construcción y demolición en un insumo técnicamente confiable para nuevas edificaciones.
«Mi trabajo se centra en materiales cementicios sostenibles y estructuras. Esta investigación busca reducir la huella ambiental del concreto mediante el aprovechamiento de residuos de construcción y demolición sin comprometer el desempeño estructural», resumió la investigadora, cuya línea de trabajo combina economía circular, ingeniería sismorresistente y, más recientemente, modelos predictivos basados en inteligencia artificial.
UNA TECNOLOGÍA MADURA, PERO CON UNA BRECHA REGIONAL
El uso de agregados reciclados, es decir, áridos obtenidos al triturar concreto demolido, no es una idea nueva. García Troncoso señaló que «el uso de agregados reciclados ha avanzado significativamente gracias a la evidencia científica», impulsado por una combinación de factores: la economía circular, la reducción de emisiones de CO₂, la escasez de agregados naturales en zonas urbanas y regulaciones ambientales cada vez más exigentes.
El problema, advirtió, no es la falta de conocimiento técnico sino su aplicación práctica: «en Latinoamérica todavía existe una brecha entre la investigación y la aplicación industrial». Como referentes globales menciona a Países Bajos, Japón, Alemania y España, países donde la clave, según explicó, ha sido «combinar normativa, incentivos y control de calidad». No es un dato menor: España es precisamente uno de los países cuya normativa de concreto estructural ya contempla de forma explícita el reemplazo parcial de agregado natural por reciclado, un antecedente que ayuda a entender por qué cierto umbral de sustitución —el 20%— se repite como referencia técnica en distintas latitudes.
SOBRE EL UMBRAL DEL 20%, ¿QUE DICE EL LABORATORIO?
El corazón técnico de la conversación gira en torno a una pregunta muy concreta para cualquier ingeniero: ¿cuánto agregado natural se puede reemplazar sin sacrificar resistencia? La respuesta de García Troncoso fue específica: «nuestro estudio demuestra que reemplazos de hasta 20% con RCA o MRA mantienen propiedades mecánicas comparables al concreto convencional para aplicaciones estructurales».
Ese hallazgo no es aislado. Es coherente con investigación propia publicada por la coordinadora, en la que se evaluaron mezclas de concreto incorporando agregados reciclados junto con cal hidratada y puzolana volcánica natural, probando sustituciones progresivas —10%, 20% y 50%— del agregado grueso, con ensayos tanto destructivos como no destructivos sobre las propiedades frescas y endurecidas de la mezcla. Ese tipo de trabajo experimental es el que respalda una afirmación que, de otro modo, podría sonar a generalización optimista.
Sobre el comportamiento mecánico, la investigadora fue precisa: «la resistencia a compresión se mantiene prácticamente sin cambios hasta 20%. A mayores porcentajes comienzan reducciones más evidentes, especialmente en concretos de alta resistencia. El módulo de elasticidad y la resistencia a tracción pueden disminuir ligeramente». La explicación física está en el mortero residual que queda adherido al agregado reciclado tras la demolición: «el mortero adherido incrementa la porosidad y absorción, pero también puede aportar productos de carbonatación que favorecen la densificación de la matriz en reemplazos moderados», sostuvo.
Ese mismo mortero adherido obliga a ajustar el diseño de mezcla: es indispensable, explicó, «corregir el agua efectiva, controlar la absorción, mantener una granulometría adecuada y emplear superplastificantes cuando sea necesario».
En cuanto a durabilidad, el mensaje es igual de matizado: no hay una penalización automática por usar material reciclado. «Cuando el contenido reciclado es moderado y existe un adecuado diseño de mezcla, la permeabilidad y la calidad interna permanecen dentro de rangos aceptables para aplicaciones estructurales», afirmó. Pero también es clara sobre los límites: no recomendaría «altos porcentajes en estructuras de elevada responsabilidad o ambientes extremadamente agresivos sin una validación previa experimental específica». Es un matiz importante porque evita que la conversación se lea como una promoción acrítica del material: el concreto reciclado no es una solución universal, es una solución con condiciones técnicas claras.
Entre las innovaciones que están mejorando el desempeño de estos agregados, la investigadora destaca «tratamientos mecánicos, carbonatación acelerada, recubrimientos superficiales y clasificación automatizada mediante sensores e inteligencia artificial». Este último punto no es retórica: la propia coordinadora ha trabajado en modelos de aprendizaje automático para predecir la resistencia a compresión de concretos con agregados reciclados, una línea que —según ella misma anticipa— «permitirá optimizar diseños de mezcla, reducir campañas experimentales y predecir propiedades mecánicas y de durabilidad» a futuro.
ECONOMÍA CIRCULAR, CON MATICES ECONÓMICOS
Más allá del laboratorio, García Troncoso enmarca el concreto reciclado como una solución que opera en tres frentes a la vez: «representa simultáneamente una solución ambiental, tecnológica y potencialmente económica al disminuir residuos, preservar recursos naturales y favorecer materiales de menor impacto». En términos ambientales, sus beneficios son concretos: reduce la extracción de agregados naturales, disminuye los residuos enviados a rellenos sanitarios y contribuye a la reducción de emisiones asociadas a la producción de materiales.
El componente económico, sin embargo, es el más condicionado de todos. «Puede ser competitivo cuando existe disponibilidad local de residuos y una logística eficiente de trituración y clasificación», aseguró la ingeniera, dejando claro que la viabilidad financiera depende del contexto y no es una ventaja automática.
Esa misma lógica se refleja en otra línea de trabajo de la investigadora sobre pavimentos: en un estudio reciente sobre reemplazo de agregado grueso con pavimento asfáltico reciclado, se documentó un ahorro de 0,62 $US por metro cúbico frente al hormigón tradicional, además de mejoras en resistencia a compresión y flexión —evidencia de que, cuando la logística de reciclaje está bien resuelta, el beneficio económico es medible y no solo potencial.
Los obstáculos para una adopción masiva, dijo, son conocidos: «persisten barreras normativas, falta de confianza del sector, escasez de plantas de reciclaje y limitada estandarización». Y aunque reconoce avances regulatorios, considera que «aún se requieren especificaciones más claras para aplicaciones estructurales y criterios basados en desempeño». Para cerrar esa brecha, distribuyó responsabilidades entre los tres actores del ecosistema: «gobiernos deben impulsar políticas públicas; universidades generar evidencia científica; y empresas validar estas tecnologías mediante proyectos reales».
Un material para la próxima década
Sobre dónde podría despegar primero esta tecnología, la investigadora identificó los sectores de mayor consumo de concreto: «vivienda, prefabricados, pavimentos e infraestructura urbana son los sectores con mayor potencial inicial». Y proyecta un horizonte de veinte años en el que el material reciclado deje de ser una excepción técnica: «en las próximas décadas el uso de materiales reciclados será parte habitual del diseño del concreto, apoyado por IA, digitalización y criterios de sostenibilidad».
El mensaje final que deja para ingenieros y arquitectos resume el espíritu de toda la conversación: «el concreto reciclado no debe verse como un material de menor calidad, sino como una alternativa técnicamente viable cuando existe caracterización, diseño de mezcla y control de calidad adecuados». No es una promesa sin condiciones, sino una invitación a tratar el residuo como lo que la evidencia científica sugiere que puede ser: materia prima.
